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LA FAMILIA, ESA MARCA INDELEBLE

Cerremos los ojos e imaginemos por unos instantes. Es una escena repetida hasta el hartazgo en este mundo, no demandará demasiado esfuerzo el hacerlo. Se trata de una pequeña tragedia familiar, rutinaria y cotidiana.

Ernesto Z y Mariela Y, le están enseñando a su hijo Nahuel Z, de sólo cinco años, a jugar a un nuevo juego en la Play Station. Pero cuando Nahuel toma los controles y comienza a jugar, los intentos ansiosos y exagerados de sus padres por “ayudarlo”, sólo parecen entorpecer su aprendizaje. Aparecen órdenes contradictorias.

-A la derecha, a la derecha… ¡Pará! ¡Pará!- dice Mariela, en un tono cada vez más ansioso e intenso, mientras Nahuel, mordiéndose los labios y con los ojos fijos en la pantalla, lucha entre seguir su instinto o esas instrucciones.

De pronto, con palabras enérgicas: -Mirá, no estas derecho… ¡Ponete a la izquierda! ¡A la izquierda te dije!- ordena bruscamente Ernesto. Entretanto Mariela, con los ojos ya en blanco por la frustración, grita con la intención de taparle la voz a Ernesto:

¡Pará! ¡Pará!

Nahuel, incapaz de complacer a sus padres, tensa la mandíbula y las lágrimas comienzan a surcarle el rostro y nublarle la vista, con sollozos casi imperceptibles.

Los padres aumentan el nivel de la discusión, ignorando por completo las lágrimas del niño.

¡No está moviendo los controles como corresponde! le grita Ernesto a Mariela, exasperado.

Nahuel aumenta el ritmo de sus sollozos, que ya se transforman en llanto rodado. Los padres siguen discutiendo como si no se dieran cuenta o, como si no les importase lo que ven. Cuando el niño levanta la mano para secarse las lágrimas, el padre vuelve a gritarle:

-De acuerdo, volvé a poner las manos en los controles… ¿vas a prepararte a disparar? ¡De acuerdo, adelante!

Y la madre gruñe:

-¡De acuerdo, movela sólo unos centímetros!

El niño, a esa altura, sigue en el cuarto sin poder distinguir claramente que eso que le ocurre, son unas tremendas ganas de irse. Pero como no puede hacerlo, queda absolutamente solo con su angustia, atravesada en un pecho del cual, difícilmente, se irá en su vida adulta.

Estos son los momentos en los que los niños aprenden lecciones decisivas y permanentes, sólo removibles luego de un arduo, doloroso y costoso –en términos económicos- trabajo terapéutico. Cuando momentos como estos se repiten una infinidad de veces a lo largo de la infancia, moldean algunos de los mensajes emocionales más fundamentales de toda una vida: lecciones que pueden marcar luego el camino de esa vida.

La vida en familia es la primera escuela para el aprendizaje emocional, el molde de acuerdo al cual, aprendemos cómo sentirnos con respecto a nosotros mismos (en relación directa a como hemos sido tratados, ¿no?) y cómo los demás reaccionarán a nuestros sentimientos; a razonar sobre estos sentimientos y que opciones tenemos; a elaborar y expresar alegrías y miedos. Esta indeleble y primer escuela de las emociones, no sólo opera a través del discurso o la acción materno/paterna, sino también en los modelos que los padres están en condiciones de ofrecer para enfrentarse a los sentimientos propios y a los que se producen entre marido y mujer (modelos que luego, generalmente, se repiten de manera calcada en la vida de los hijos, sobre todo cuando no hay palabras para nombrar lo recibido).

Algunos padres son dotados maestros emocionales. Otros son desastrosos.

Cientos de estudios muestran que la forma en que los padres tratan a sus hijos –ya se trate de la rígida vara de la disciplina, la dulce regla de la comprensión empática, la cruel medida de la indiferencia, etc.- tiene profundas y duraderas consecuencias en la vida emocional del hijo.

A pesar de esta larga sospecha de la humanidad, sólo hace poco tiempo han aparecido datos irrefutables que demuestran que tener padres emocionalmente inteligentes es, en sí mismo, un enorme beneficio para el niño. Los modos de vincularse de una pareja y como ésta se mueve con los sentimientos recíprocos- además de su trato directo con el niño- imparten poderosas e inolvidables lecciones a los hijos, que son alumnos siempre sintonizados con el dial de los intercambios emocionales –desde los más evidentes hasta los más sutiles- que se producen en una familia.

 

Bibliografía/Fuentes Consultadas:

“La Inteligencia Emocional” de Daniel Goleman. (Editorial Zeta).

“Crianza, violencias invisibles y adicciones” de Laura Gutman. (Del Nuevo Extremo).

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